Historias de Oficina y Café

Relatos reales del trabajo cotidiano y lo que realmente nos enseña.

Hola, soy Miguel!
He trabajado con clientes, colaboradores y proveedores de todo tipo, y a lo largo del camino, descubrí que los mejores aprendizajes no vienen de cursos ni libros, sino de la gente con la que trabajamos todos los días.

  • Cuando visité el headquarter en São Paulo, me quedé desconcertado.

    Conocí a Marcio Marino y a su equipo en Brasil. Había algo en el aire que no terminaba de entender: se hablaban con una admiración profunda, con un respeto técnico impecable, pero al mismo tiempo se reían como hermanos. Para un profesional formado en la estructura rígida mexicana, aquello parecía una anomalía en la Matrix.

    Años después, Marcio vino a México en una «gira artística» por nuestras operaciones. Una noche, durante la cena, Lucas (de su equipo) aprovechó que Marcio se levantó de la mesa para darme una instrucción: — «Miguel, cuando regrese, pregúntale si le gusta la linguiça que pica (chorizo que pica)».

    Lo hice y la mesa explotó en carcajadas. El doble sentido era evidente y la broma era pesada. En México, hacerle eso a un jefe inmediato era, en aquel entonces, motivo de despido o, al menos, de una mirada fulminante y una plática seria posterior en Recursos Humanos.

    Al día siguiente, a solas con él, no me aguanté la curiosidad: — «Marcio, me sorprende la confianza para hacerse esas bromas en la noche y que a la mañana siguiente sigan siendo tan profesionales como siempre».

    Su respuesta se me quedó grabada para siempre: “Miguel, pasamos más tiempo en la oficina que en casa. Muchas veces estamos más con los colegas que con nuestra propia familia. Por eso, simplemente no podemos darnos el lujo de tener un ambiente tenso o llevarnos mal”.

    Tiempo después, Marcio se convirtió en mi Director y jefe directo. Pude validar que no era una frase bonita para la cena; era una política de vida.

    ¿Qué tiene que ver esto con la amistad y los negocios?

    El ambiente no es un «extra», es el motor: Es una verdadera tragedia pasar 10 horas al día en un lugar donde tienes que cuidar cada palabra por miedo al ego del jefe o de los colegas.

    Resultados vs. Relaciones: Aprendí que no puedes alcanzar metas ambiciosas si las áreas o las personas se ven como enemigos. La eficiencia nace de la confianza, y la confianza suele nacer de una buena risa.

    El vínculo profesional es igual a rentabilidad: Llevar la fiesta en paz no es ser «barco» o «suave»; es ser inteligente. Un equipo que se atreve a bromear es un equipo que se atreve a decirse las verdades incómodas sobre el negocio.

      Hoy, en el mes de la amistad, recuerdo esa cena en Brasil. Gracias, Marcio, por enseñarme que para ser un líder respetado no hace falta ser un líder aburrido o distante. Nos vemos pronto para un café (sin bromas pesadas de por medio).

      Si tu oficina se siente como una cárcel de silencios y jerarquías, quizá es momento de preguntarse: ¿Estamos aquí para construir algo juntos o solo para sobrevivir al ambiente?

    1. Crecí en una casa donde los problemas no existían. O mejor dicho, se metían bajo el tapete. En mis 39 años, nunca escuché a mis padres decirse «te amo». Mi padre se formó en un entorno militar; mi madre, literalmente, huyó junto a mi abuela para dejar atrás a mi abuelo. De ambos aprendí que la resiliencia era sinónimo de silencio. Mi estrategia de vida era clara: si algo duele, no hagas ruido y sigue adelante.

      Entonces conocí a mi esposa.

      Ella creció en el mundo opuesto. Una casa donde no había tema que no se diseccionara, aclarara o hablara hasta el cansancio. Ese fue el choque cultural más violento de mi vida.

      Llevamos 11 años casados. Durante gran parte de ese tiempo, yo viajaba constantemente. En los últimos años pasaba de tres a cuatro días por semana en la Ciudad de México, mientras ella se quedaba en Puebla con las niñas. La distancia física era el refugio perfecto para mi silencio. Pero al volver a casa permanentemente tras mi salida de la oficina, «el refugio» desapareció.

      Hemos pasado por todo: terapia individual, terapia de pareja, crisis profundas y momentos donde la separación parecía la única salida lógica.

      He tenido que sentarme a tomar muchos «cafés amargos». Esos donde ella me obliga a hablar cuando yo solo quiero ensimismarme, tal como estoy programado. Ella exige claridad mientras yo busco el tapete para esconder el esqueleto. Para ella, hablar es respirar; para mí, durante mucho tiempo, hablar fue una amenaza, un tormento.

      ¿Qué tiene que ver esto con los negocios? Todo.

      Muchos de los líderes que admiramos están en portadas de revistas, pero yo descubrí a la persona que más admiro en mi propia casa. Ella me enseñó la habilidad blanda más difícil de todas: la vulnerabilidad de decir lo que pasa.

      Hoy entiendo que:

      1. El silencio no es paz, es una bomba de tiempo. Lo que no hablas en casa termina explotando en tu rendimiento, en tu humor y en tu liderazgo.
      2. La estabilidad es una inversión. Estar fijo en Puebla me permitió enfrentar lo que el viaje me ayudaba a evadir. Mi proyecto más importante no tiene un acta constitutiva; tiene un acta de matrimonio.
      3. La admiración nace en la fricción. No la admiro porque «todo sea fácil», sino porque no me dejó ser el hombre frío y distante que mi herencia me pedía ser.

      Si hoy estás rindiendo al 50% en la oficina, deja de revisar tus procesos y revisa tu entorno más cercano. Tal vez tengas temas por resolver con tu pareja, tus padres o tus hermanos. No puedes construir un imperio sobre un terreno que está temblando.

      A mi Esposa: Gracias por los cafés amargos. Han sido los más difíciles de tragar, pero los que más me han despertado.

    2. Hay momentos en la carrera donde el viento no solo sopla; ¡intenta arrancarte de raíz!

      Año 2016. Arranque de operaciones del Complejo Petroquímico. Yo llevaba una carga doble: mi rol habitual de Compras Logísticas y, por emergencia, las Operaciones Logísticas en la Planta. Estaba dándolo todo.

      Logramos estabilizar la operación. Alcanzamos hitos impensables, como despachar 100 embarques por día. Estábamos mejorando a un ritmo increíble. Yo esperaba una felicitación, pero recibí un golpe seco: Vi mi propio puesto publicado en LinkedIn.

      Sin aviso y sin contexto, la empresa había decidido partir mi rol en dos para mantener el ritmo. Pero lo que yo vi fue una vacante buscando mi reemplazo. Sentí que el suelo desaparecía. Mi confianza se pulverizó y me volví rígido, reactivo, a punto de colapsar bajo la presión.

      En medio de esa fragilidad, Fred Maciel me dio la lección que hoy, años después y en plena transición, resuena más fuerte que nunca:

      “Miguel, hay que ser como una espiga”, me dijo.

      Me explicó que el error es intentar ser un muro de concreto; el concreto no se mueve, pero se agrieta y se cae. La espiga, en cambio, tiene un superpoder: la flexibilidad.

      Se dobla, se inclina ante el viento si es necesario, toca el suelo si la ráfaga es muy fuerte… pero jamás se rompe. Y cuando el viento pasa, la espiga regresa a su posición, erguida y lista para el sol.

      ¿Qué significa «ser espiga» cuando el entorno es hostil?

      • Soltar el ego: La rigidez viene del orgullo. «Doblarse» es aceptar que los planes cambian, que las críticas pueden tener razón o que no tienes todas las respuestas. El ego te hace frágil; la humildad te hace flexible.
      • Adaptabilidad táctica: No es rendirse. Es fluir con la circunstancia actual para preservar tu objetivo de largo plazo.
      • Resiliencia post-tormenta: Lo que define a la espiga no es cuánto se dobló, sino que regresó a su sitio.

      Hoy, mientras construyo mis propios proyectos, entiendo que los vientos de enero van a soplar fuerte. Mi trabajo no es evitar que el viento sople, sino asegurarme de que mi estructura sea lo suficientemente flexible para aprender de la ráfaga y volver a levantarme.

      Gracias, Fred, por enseñarme que la verdadera fuerza no está en la dureza, sino en la capacidad de no romperse.

    3. Ayer estuve en Mitla, Oaxaca. En zapoteco, su nombre significa «Lugar de los Muertos». Mientras el mundo corre por las compras de última hora y se refugia en el ruido festivo, yo estaba ahí, frente a la piedra ancestral, recibiendo una bofetada de realidad que no esperaba.

      Un guía local soltó una frase que me desarmó: “Hay que cerrar los ojos para ver; hay que taparse los oídos para escuchar”.

      Me quedé helado.

      Llevo meses con los ojos abiertos de par en par, buscando desesperadamente mi próximo «título». Con los oídos aturdidos por el ruido de LinkedIn, los consejos financieros y la presión social de «estar fuera».

      Mitla me recordó que estoy en medio de una muerte. Mi identidad como «empleado corporativo» murió hace unos meses. Pero en nuestra cultura, la muerte no es un punto final; es un portal. Abrazamos la muerte porque es la única forma de honrar la vida.

      Este 24 de diciembre, mis lecciones son otras:

      • La ceguera necesaria: Solo cuando se apagó la luz de la oficina (el sueldo, el estatus, el horario), pude ver de qué estoy hecho realmente. Cerré los ojos al mundo corporativo y empecé a ver mi propio proyecto.
      • El silencio que grita: Tuve que dejar de escuchar las vacantes de otros para empezar a escuchar mi propia voz y la de los socios que hoy caminan conmigo.
      • Morir para nacer: Hoy celebro mi derecho a dejar morir lo que ya no me servía, para darle vida a algo que trascienda.

      Hoy no te deseo una «Feliz Navidad» de tarjeta de regalo. Te deseo una Navidad de Mitla. Te deseo el valor de cerrar los ojos para ver tu verdadero potencial y de taparte los oídos para escuchar tu voz interior. Que tengas la fuerza de dejar morir al profesional que ya no quieres ser, para que pueda nacer el que el 2026 está esperando.

      Como me dijeron en la tierra del mezcal: Mi casa es tu casa. Pero hoy, mi casa es este silencio fértil donde estoy construyendo mi futuro.

      Tómate un café conmigo y dime: ¿Qué parte de ti necesita morir hoy para que finalmente puedas nacer?

    4. Durante más de once años, mi café de diciembre no sabía a café. Sabía a adrenalina, a reportes de cierre y al pánico de cumplir los objetivos anuales.

      Hoy, desde la grada, veo el «caos de cierre» con otros ojos. Es extraño, mi teléfono ya no suena porque se cayó la producción, ni recibo llamadas desesperadas buscando transportes para alcanzar la facturación mensual.

      Al principio, ese silencio asusta. Estamos tan programados para el ruido corporativo que, cuando se apaga, el silencio de nuestra propia mente se siente ensordecedor. Pero en este «paro decembrino», he descubierto una verdad incómoda pero poderosa: El silencio no es vacío; es espacio de diseño. Sin el ruido de las metas de otros, finalmente puedo escuchar las mías.

      Mientras el mundo piensa en el famosísimo «lo vemos en enero», yo he descubierto la magia de los «cafés sin reloj». Esos encuentros con amigos y futuros socios donde no hay una agenda de 15 minutos, sino el deseo genuino de construir algo que trascienda. Es en este silencio donde mis ideas de emprendimiento están dejando de ser «sueños» para convertirse en el plan de ataque del 2026.

      Diciembre es una pausa entre actos. Puedes usarla para simplemente esperar a que el telón suba de nuevo y repetir la misma obra, o puedes usarla para reescribir el guion a tu manera.

      Bájale el volumen al ruido externo y súbele el tono a tus proyectos. Las mejores empresas no siempre se hacen en salas de juntas; a veces nacen en una mesa con un café caliente y una conversación honesta en pleno diciembre.

      ¿Qué es eso que el ruido del día a día no te dejaba escuchar? Este cierre de año, te reto a una cosa: agenda un café con alguien que te inspire. Sin orden del día. Solo para explorar qué pasaría si finalmente te atrevieras a dar el siguiente paso.

    5. Crecí en una familia en la que el pilar del hogar era empleado, conocí el valor del trabajo duro, cuando era chico mi papá salía muy temprano de casa y regresaba ya entrada la noche, si le hablaban en la madrugada se trasladaba a las plantas, en general me enseñó lo que era el trabajo duro día a día, por otro lado, la situación me enseñaba (entre líneas) las mieles de ser empleado, de trabajar para alguien y ganar un sueldo fijo de por vida, como en el caso de mi señor padre (te amo papá).

      Ahora que estoy en una transición profesional, he dedicado mucho tiempo para pensar qué es lo que realmente quiero para el resto de mi vida, mis inicios me recuerdan mucho a mi papá, me iba de casa cuando Regi (mi primera hija) estaba dormida, regresaba cuando estaba dormida, eso me permitió crecer dentro de la empresa, pero perderme momentos preciosos como pago de ello, experiencias que sí pude vivir con mi segunda hija, aunque parezca loco, gracias a la pandemia.

       Todo este pensar y pensar me ha traído a mente, varias veces, la historia del Auto Antiguo que me regaló Don Mariano, cabeza de una empresa con la que tuve el gusto de trabajar por más de 11 años. En una comida con Don Mariano salió a relucir el tema de los carros, nuevos, viejos, grandes, chicos, de todos los que se puede hablar, en algún momento nos comentó que tiene un amigo al que le encantan los carros viejitos, que los compra para remodelar y después vender, tiene la experiencia placentera de haberle “dado vida” de nuevo a los autos, al mismo tiempo que hacía dinero haciendo lo que le gustaba. Hasta el día de hoy, ese comentario es uno de los regalos más atesorados de esas comidas de trabajo.

      ¡Caray! ¿Cuántas veces pensamos que estamos trabajando para vivir y terminamos viviendo para el trabajo?  Con mis amigos y colegas, hace años, he platicado el hacer que los hobbies nos generaran dinero, sino para dejar lo que haces para vivir del hobby, si para que eso te vaya ayudando a pagar algunas cuentas, y, ¡sí!, ¿por qué no? en el futuro pagar todas tus cuentas…

      ¿Te gusta cocinar? Puedes vender barbacoa o algo más en los fines de semana, he conocido varios restaurantes que empezaron en una cochera con mesas de plástico armables y hoy son grandes negocios. ¿Te gusta la decoración? Puedes armar grupos para armar floreros, pintar cerámica o experiencias que disfrutes y puedas cobrar. ¿Te gusta la fotografía? Por qué no empezar a hacer eso que has querido hace tiempo para monetizar con lo que disfrutas haciendo (sí, mensaje para ti Chucho).

      Creo que todos tenemos “un auto antiguo”, un talento o un hobby, que siendo pulido puede ser vendido, no hace falta ser un ingeniero de autos, sino atreverte. Toma papel y lápiz, y haz este simple ejercicio: Identifica las tres cosas que haces en tu tiempo libre y por las que la gente te ha elogiado o pedido ayuda. He ahí tu “auto antiguo” esperando a ser “remodelado y vendido”.

      PD Nadie nunca me elogió por como hablaba, pero heme aquí, escribiendo Historias de Oficina y Café, disfrutando compartir mis experiencias como parte de este viaje.

    6. Era la última semana del mes de agosto cuando me enteré que sería la última en la empresa para que trabaja, después de más de 11 años de relación llegaba el momento de cerrar el ciclo, tantas emociones y pensamientos que me sobrepasaban. Uno de los cafés más amargos que me he tomado…

      Fue en mi primer trabajo donde aprendí la Lección: Sé Amable Siempre. Recién graduado me contrató una empresa regiomontana, de las más relevantes del país, y de la zona sureste, entré al área de compras, donde tuve grandes aprendizajes profesionales, pero sin duda lo que más me marcó fue personal. «El Inge Memo», Líder del área de Abastecimientos, siempre tenía una sonrisa en su cara, aún en los momentos más estressantes nos mostraba su lado amable, tanto a sus liderados como a sus usuarios, proveedores y todos con los que interactuaba. Mientras habían personas que no contestaban correos, o no recibian personas, él siempre tenía su puerta abierta y su línea telefónica disponible para atender y servir.

      El Inge, y su forma de ser, me marcó positivamente hasta el día de hoy, esa filosofía de ser amable con todos fue algo que quise hacer mío, se conjugaba muy bien con los valores que me habían enseñado en casa y con mi propia forma de ser,desde entonces he buscado dar buena cara para todos, incluso en los momentos más complicados y retadores.

      Pasaron los años y en uno de los momentos de más vulnerabilidad que he tenido, el de decirle adiós a mis compañeros y proveedores, tuve una muestra de lo lindo que es cosechar lo sembrado. Fue un miércoles cuando di «enviar» al correo de «Hasta Pronto», en esos momentos no quería saber de nadie, y mucho menos recibir llamadas, pero por lo dicho anteriormente siempre busco contestar, incluso cuando es difícil hacerlo. Era un buen amigo y colega, Xavier, quién además de saludarme, preguntarme cómo estaba y todo lo protocolariamente correcto en la situación en la que estaba, me invitaba a participar de un proceso de selección para una empresa relevante del país.

      Caray! Fue difícil de procesar, como si me invitaran a una cita justo la semana en que terminaba una relación de once años. Claro, en ese momento todo lo veía a través del cristal de recien desempleado. Unos días después, pude procesar mejor la situación y sentirme muy agradecido con Xavier, el que haya pensado en mí, no haber dudado para recomendarme y hacerme sentir apoyado es algo que nunca olvidaré. Entre todo lo que pensé me vino a la mente la lección, seguro no hubiera sido así si yo hubiera sido grosero, prepotente o cualquier otro calificativo que pueda sonarte mientras lees esto. El haber mantenido tanto la puerta abierta, la línea telefónica disponible, pudo haber sido, entre otras cosas, la razón por la que recibí esa llamada e invitación para el proceso en cuestión.

      Entonces, con esta historia, quiero invitarte a reflexionar sobre tus relaciones laborales, personales, que puedas identificar si eres más del tipo que evade las llamadas o que las recibe y/o regresa, si eres de las personas que están abiertas a las conversaciones tanto buenas como amargas, o de las que prefiere evitarlas a como dé lugar. Hoy estamos donde estamos, pero mañana quien sabe, por eso te invito a aprender la lección de ser siempre amable, porque la vida da muchas vueltas y uno nunca sabe de qué lado va a estar más adelante.

      «Arrieros somos, y en el camino andamos»

      Fue lo que le dije a mi equipo el día en que me despedí, y fue justo lo que me mencionó Xavier en la llamada que me hizo. Arrieros somos…