Hay momentos en la carrera donde el viento no solo sopla; ¡intenta arrancarte de raíz!
Año 2016. Arranque de operaciones del Complejo Petroquímico. Yo llevaba una carga doble: mi rol habitual de Compras Logísticas y, por emergencia, las Operaciones Logísticas en la Planta. Estaba dándolo todo.
Logramos estabilizar la operación. Alcanzamos hitos impensables, como despachar 100 embarques por día. Estábamos mejorando a un ritmo increíble. Yo esperaba una felicitación, pero recibí un golpe seco: Vi mi propio puesto publicado en LinkedIn.
Sin aviso y sin contexto, la empresa había decidido partir mi rol en dos para mantener el ritmo. Pero lo que yo vi fue una vacante buscando mi reemplazo. Sentí que el suelo desaparecía. Mi confianza se pulverizó y me volví rígido, reactivo, a punto de colapsar bajo la presión.
En medio de esa fragilidad, Fred Maciel me dio la lección que hoy, años después y en plena transición, resuena más fuerte que nunca:
“Miguel, hay que ser como una espiga”, me dijo.
Me explicó que el error es intentar ser un muro de concreto; el concreto no se mueve, pero se agrieta y se cae. La espiga, en cambio, tiene un superpoder: la flexibilidad.
Se dobla, se inclina ante el viento si es necesario, toca el suelo si la ráfaga es muy fuerte… pero jamás se rompe. Y cuando el viento pasa, la espiga regresa a su posición, erguida y lista para el sol.
¿Qué significa «ser espiga» cuando el entorno es hostil?
- Soltar el ego: La rigidez viene del orgullo. «Doblarse» es aceptar que los planes cambian, que las críticas pueden tener razón o que no tienes todas las respuestas. El ego te hace frágil; la humildad te hace flexible.
- Adaptabilidad táctica: No es rendirse. Es fluir con la circunstancia actual para preservar tu objetivo de largo plazo.
- Resiliencia post-tormenta: Lo que define a la espiga no es cuánto se dobló, sino que regresó a su sitio.
Hoy, mientras construyo mis propios proyectos, entiendo que los vientos de enero van a soplar fuerte. Mi trabajo no es evitar que el viento sople, sino asegurarme de que mi estructura sea lo suficientemente flexible para aprender de la ráfaga y volver a levantarme.
Gracias, Fred, por enseñarme que la verdadera fuerza no está en la dureza, sino en la capacidad de no romperse.
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