Historias de Oficina y Café

Relatos reales del trabajo cotidiano y lo que realmente nos enseña.

Hola, soy Miguel!
He trabajado con clientes, colaboradores y proveedores de todo tipo, y a lo largo del camino, descubrí que los mejores aprendizajes no vienen de cursos ni libros, sino de la gente con la que trabajamos todos los días.

Crecí en una casa donde los problemas no existían. O mejor dicho, se metían bajo el tapete. En mis 39 años, nunca escuché a mis padres decirse «te amo». Mi padre se formó en un entorno militar; mi madre, literalmente, huyó junto a mi abuela para dejar atrás a mi abuelo. De ambos aprendí que la resiliencia era sinónimo de silencio. Mi estrategia de vida era clara: si algo duele, no hagas ruido y sigue adelante.

Entonces conocí a mi esposa.

Ella creció en el mundo opuesto. Una casa donde no había tema que no se diseccionara, aclarara o hablara hasta el cansancio. Ese fue el choque cultural más violento de mi vida.

Llevamos 11 años casados. Durante gran parte de ese tiempo, yo viajaba constantemente. En los últimos años pasaba de tres a cuatro días por semana en la Ciudad de México, mientras ella se quedaba en Puebla con las niñas. La distancia física era el refugio perfecto para mi silencio. Pero al volver a casa permanentemente tras mi salida de la oficina, «el refugio» desapareció.

Hemos pasado por todo: terapia individual, terapia de pareja, crisis profundas y momentos donde la separación parecía la única salida lógica.

He tenido que sentarme a tomar muchos «cafés amargos». Esos donde ella me obliga a hablar cuando yo solo quiero ensimismarme, tal como estoy programado. Ella exige claridad mientras yo busco el tapete para esconder el esqueleto. Para ella, hablar es respirar; para mí, durante mucho tiempo, hablar fue una amenaza, un tormento.

¿Qué tiene que ver esto con los negocios? Todo.

Muchos de los líderes que admiramos están en portadas de revistas, pero yo descubrí a la persona que más admiro en mi propia casa. Ella me enseñó la habilidad blanda más difícil de todas: la vulnerabilidad de decir lo que pasa.

Hoy entiendo que:

  1. El silencio no es paz, es una bomba de tiempo. Lo que no hablas en casa termina explotando en tu rendimiento, en tu humor y en tu liderazgo.
  2. La estabilidad es una inversión. Estar fijo en Puebla me permitió enfrentar lo que el viaje me ayudaba a evadir. Mi proyecto más importante no tiene un acta constitutiva; tiene un acta de matrimonio.
  3. La admiración nace en la fricción. No la admiro porque «todo sea fácil», sino porque no me dejó ser el hombre frío y distante que mi herencia me pedía ser.

Si hoy estás rindiendo al 50% en la oficina, deja de revisar tus procesos y revisa tu entorno más cercano. Tal vez tengas temas por resolver con tu pareja, tus padres o tus hermanos. No puedes construir un imperio sobre un terreno que está temblando.

A mi Esposa: Gracias por los cafés amargos. Han sido los más difíciles de tragar, pero los que más me han despertado.

Posted in

Deja un comentario