Hay una frase con la que Mark Manson abre su libro «Todo está jodido» que te golpea como un gancho al hígado cuando estás listo para escucharla: al final de cuentas, todos nos vamos a morir.
Es una verdad incómoda que solemos ahogar en la rutina, en las juntas interminables y en la falsa seguridad de un corporativo. Pero cuando pasas las últimas semanas manejando solo, recorriendo cerca de 8,000 kilómetros de carretera en dos meses, el silencio no me dejó escapar de esa idea.
Fueron miles de kilómetros con el parabrisas de frente y mi propia mente como único copiloto. Y en algún punto entre un estado y otro, la idea de la mortalidad dejó de ser una advertencia para convertirse en una ventaja táctica.

Si el tiempo es finito, ¿por qué demonios lo gastamos construyendo el sueño de alguien más?
Mi ausencia en este blog durante los últimos meses no fue falta de ideas; fue exceso de movimiento. Estuve desmantelando la inercia. Ese tiempo en carretera terminó por cimentar la decisión más radical de mi carrera profesional: no volver a emplearme jamás.
La comodidad del sueldo fijo es la anestesia perfecta contra la pasión. Y yo decidí cortarla de tajo.
Hoy, mis prioridades son Nallely, Regina e Ivanna. Decidí emprender y tomar el control porque quiero que mi tiempo rinda donde de verdad importa: estar cerca de ellas, sin pedirle permiso a un calendario corporativo. Quiero desarrollarme en mis propios términos y, sobre todo, tener un impacto directo, real y positivo en la gente que se sube a mi barco.

Tener esperanza no es sentarse a esperar que las cosas mejoren. Tener esperanza es tomar el volante, pisar el acelerador y darle con todo al tiempo que nos queda.
Fueron miles de kilómetros para entenderlo. Ahora, toca ejecutar.
Nos vemos en la próxima parada.
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